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domingo, 25 de noviembre de 2012

Malala y Savita: dos caras de una misma moneda


Malala Yousafzai (izquierda) y Savita Halappanavar (derecha) son dos mujeres que aparentemente no guardan ninguna relación entre sí. Malala es una estudiante de 14 años que vivía en Mingora (Pakistán), mientras que Savita era una dentista hindú de 31 años que vivía en Dublín (Irlanda). Ninguna conocía a la otra, pero sus vidas guardan más similitudes de las que podría parecer, tal y como explica el periodista Moisés Naïm en su artículo de EL PAÍS: “a las dos les han sucedido cosas que iluminan aspectos tanto trágicos como esperanzadores del mundo en el que vivimos a comienzos del Siglo XXI”.
Malala volvía del colegio y le pegaron un tiro en la cabeza del que, milagrosamente, sobrevivió y se recupera en un hospital de Londres. Lo único que había hecho esta chica para amenazar a los talibanes paquistaníes responsables del ataque, era defender la educación de las niñas apoyada por su padre. Malala tenía 12 años cuando comenzó a escribir un blog, dentro de la web de la BBC, donde explicaba como los talibanes prohibían a las niñas ir al colegio, se convirtió en una defensora del derecho a la educación para las niñas y contaba cómo había cambiado su vida a causa del integrismo islámico.
Los talibanes amenazan con volver a intentar matarla. Hace dos semanas intentaron entrar en el hospital británico en el que se recuperaba en estado crítico, pero no lo consiguieron. Attaulá Jan de 23 años es el presunto agresor de Malala, que sigue en paradero desconocido; la hermana de éste ha pedido perdón a la joven activista avergonzada por el atentado y las críticas que se han venido sobre su familia.  Las escuelas de Pakistán rezan ahora por Malala convertida en una heroína y condenan el ataque.
Savita estaba embarazada de 17 semanas y tras ir al hospital le dijeron, sin lugar a dudas, que el feto era inviable y que no llegaría a nacer. Sus deseos de abortar chocaron con las católicas y estrictas leyes del país con respecto a la interrupción de los embarazos y finalmente murieron los dos. Los médicos solo puede practicar un aborto cuando el corazón del feto deja de latir, esto sucedió un miércoles y al sábado siguiente la futura madre murió por una infección que se había extendido a todo el cuerpo.  Praveen Halappanavar, su marido, se preguntaba que por qué le imponían una ley católica a ella, que es hindú. La Constitución en Irlanda pone en igualdad a la madre y al feto, y la ley es igual para todos sean de dónde sean. Los médicos deben indicar que la madre está en peligro de muerte para permitirle abortar, pero a pesar de que sabían perfectamente que el feto no iba a sobrevivir, no dieron prioridad a la salud de Savita que ya presentaba indicios de que ese embarazo estaba poniendo en peligro su vida, según cuenta su marido.
Cuesta creer que esto, que parece un caso sacado de algún país subdesarrollado en el que el integrismo y la ignorancia inspiran las leyes, haya sucedido en Dublín. Pero no es el único caso, también prohibieron abortar a una niña violada que quería suicidarse y a una mujer enferma de cáncer, a favor de las que falló el Tribunal de  Estrasburgo. A pesar de esas sentencias, la ley nunca se ha modificado, y ahora la muerte de Savita ha provocado una indignación a nivel mundial y los políticos ha prometido una reforma de las leyes. Parece que el primer mundo y el tercer mundo podrían tener más en común de lo que queremos ver a simple vista.
Quizá Malala nunca escuche el caso de Savita, pero ambas han sido protagonistas de grandes debates  y movilizaciones internacionales. Y servirán de motivación para la lucha de otras mujeres. Las dos han hecho que se dé otro paso más en la lucha contra la violencia hacia las mujeres, una violencia que en algunos países incluso está amparada por leyes retrógradas que no respetan los derechos humanos. Quizá dentro de unos meses sus casos vuelvan a pasar al olvido para muchos, como tantos otros... La pregunta es: ¿cuántas mujeres y niñas más tendrán que morir para que se las empiece a respetar?

martes, 30 de octubre de 2012

La violencia de género tiene nombres y apellidos



Un hombre mata a su pareja porque esta quiere dejarlo y es necesario que  el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad diga oficialmente que se trata de ‘violencia de género’ para que se haga visible el principal problema. ¿Es que estamos ciegos?
Este es el caso de Almudena Márquez, la joven de El Salobral (Albacete) que ha fallecido asesinada esta semana por Juan Carlos Alfaro, su supuesta pareja;  pero podría ser perfectamente el de otra mujer. El relato de los medios, denominando al asesino francotirador, ha enmascarado el problema de fondo. El espectáculo estaba servido. La palabra francotirador provoca sensaciones en el oyente que no hace otra palabra, despierta un interés hacia su persona, resta importancia a la víctima y desvía la atención del verdadero conflicto: la violencia de género.
No se trata de violencia contra el menor, ni de un acto de locura, ni tampoco de un “crimen pasional”, denominación  esta que no hace sino justificar el conflicto. Al igual que el caso Bretón, las motivaciones son las mimas: Almudena quiere dejarlo y le dice: “Tu das pena queriendo estar con una niña de 13 años como yo”, según declaraciones de una amiga suya. Y él se siente humillado porque se considera el dueño de ella, un sentimiento de superioridad que queda  bien plasmado en sus declaraciones: “Soy francotirador y os mataré a todos para quedarme con ella”. Y tal y como dijo el propio asesino: “¡Lo dije y nadie me hizo caso!”.
La peculiaridad y los detalles del acontecimiento han hecho alejar el foco de la cuestión principal. Los medios se han centrado en que ella era menor de edad y el tenía 39 años, a lo que se le añadió una espectacularización de la huída y la persecución de un hombre disfrazado a lo Rambo, como si de repente los medios estuviesen  filmando una película americana. Una pedanía que, hasta hace unos días, apenas conocía nadie, de repente se convierte en el escenario mediático y todos quieren ser protagonistas. Y por si fuera poca la magnificación del asesino, se habla de que sabía disparar con una puntería excelente porque había estado en el ejército y le gustaba la caza. El relato no se ha centrado en la verdadera protagonista que es Almudena Márquez, con nombre y apellido, víctima número 38 de la violencia de género en lo que va de año.
La cosificación y posesividad de las víctimas están presentes en todos estos crímenes machistas,  dejando ver la inseguridad del asesino. En este caso, él mismo dijo públicamente: “Ahora se van a enterar, sino es mía, no será de nadie más”.  Una frase que se ha repetido cientos de veces pero de la que no se ha sabido, ni se supo, extraer la conclusión correcta.
El show ha dado la oportunidad de hablar a todos: vecinos, amigos, niños y niñas compañeros de Almudena, incluso a la madre de Juan Carlos Alfaro, que dejó claro que su hijo había actuado así por la presión que le causaba la familia de ella. Pero, lo más preocupante no es que una madre defienda a su hijo aunque acabe de asesinar a dos personas, sino que los medios, en lugar de realizar un análisis crítico, conviertan las frases de esa señora en titulares que “justifican” el crimen.  
Se produce una perversión del clima social, con declaraciones de que la madre era una alcohólica, que había tenido a su hija muy joven, que la víctima tenía un “siniestro perfil en Facebook” (La Razón), haciéndose patente la falta de una figura paterna cuando aparecen las escenas de la madre, etc. ¿Qué es lo que se está haciendo ver? Se trata de una representación mediática que no ha cuidado en el más mínimo detalle el mensaje, que muestra a una familia desestructurada y las peculiaridades de una adolescente, que acaba en cierto sentido siendo culpabilizada de lo que le ha sucedido.  El comportamiento ético y la denuncia constante que deberían llevar a cabo los medios con respecto a los casos de violencia de género quedan eclipsados por las banalidades y la morbosidad de los crímenes. No importa que haya miles de noticias circulando en la red, que las televisiones nos saturen con la noticia, ni que se haga un reportaje sobre la huída del asesino. No importa nada de esto si al final, hasta que no pasa una semana, nadie es capaz de llamar a las cosas por su nombre.
Está quedando bastante claro que, a pesar de las campañas de sensibilización y de la preocupación por la violencia de género, la sociedad no ha llegado a comprender la gravedad y la dimensión del problema. Este hombre ha pegado cuatro tiros en la cara de una menor con la que mantenía una relación a la que la madre de esta se oponía, un hecho que se asimila a otros en los que mujeres han sido atacadas con acido o de otras formas también en el rostro. La intención es atacar a la belleza de quién se niega a estar con ellos/ellas.
Juan Carlos Alfaro la mató porque le había dejado. La madre de Almudena lo denunció repetidas veces: una mujer que aparece sin lágrimas y llena de odio hacia quienes no hicieron nada por ayudarla. ¿Qué clase de mensaje se está dando al resto de mujeres que sufren este tipo de ataques? Pues una imagen en la que la sociedad no hace nada hasta que no llega la tragedia, denuncias que nadie escuchó y medidas que no se tomaron.  Y una falta de cuestionamiento por parte de todos los medios de comunicación con respecto a esta y muchas otras preguntas.
Los titulares se quedan en la superficie: “Estaba deprimido por no ver a la cría” (El Mundo), “Amor fatal con 26 años de diferencia” (La Razón), como si fuese un drama teatral de Shakespeare; “Esta mujer le volvía loco, no comía, no dormía” (ABC), en referencia a la madre de la víctima que ya lo había denunciado varias veces. Y para cuando se ha construido el verdadero relato, el que llama a las cosas por su nombre, la gente está ya saturada del tema, de especiales y reportajes, y la noticia va olvidándose. El mensaje que debió calar en un principio apenas es escuchado ya.
Las noticias de sucesos no duran mucho; la gente se conmociona durante los primeros días y después de una semana todo vuelve a la normalidad, y otro tema servirá de sustituto. De ahí la importancia del primer relato, que  es el que queda en el imaginario. Qué clase de seguridad puede sentir una mujer o un hombre que sufran este tipo de violencia tras conocer estos relatos. La imagen que queda no transmite ni la sensación de protección que se requiere, ni mucho menos la empatía con la víctima. ¿Dónde queda entonces la función social de los medios?

domingo, 16 de septiembre de 2012

Un drama para todos


La desaparición de los niños de Córdoba se vive en las casas como un serial televisivo de novela policiaca
José Bretón ha sido acusado de dos delitos de asesinato con alevosía con agravante de parentesco, pero hasta este momento no había sido acusado oficialmente del asesinato de sus hijos. Sin embargo, el presunto asesino se mostraba como un monstruo en las portadas de los medios desde mucho antes. Prácticamente cualquier español conoce a día de hoy los nombres de Ruth y José y sus rostros, sus fotografías se han exhibido al máximo en los medios de comunicación desde el momento de su desaparición el pasado año.
Los medios han repetido el tema hasta la saciedad, la mayoría de las veces sin nada nuevo que aportar. José Bretón está en la cárcel desde octubre por simulación de delito. Los últimos acontecimientos (el segundo informe que detallaba que los huesos hallados no eran de animales, sino de niños; el error policial y las últimas pruebas que apuntan a que los pequeños pudieron ser quemados en un horno), no han hecho más que avivar un drama que se ha colocado, como si de una pieza de teatro se tratase, en el centro del escenario mediático.
A la espectacularidad del crimen se ha sumado un tratamiento mediático nada inocente. El conflicto principal que se esconde tras este suceso no es distinto al de otros casos de violencia de género. Expertos psicólogos han señalado que lo peculiar del caso es que en lugar de matar a la mujer como en la mayoría de los delitos de violencia doméstica, Bretón la deja vivir para causarle un mayor sufrimiento tras la desaparición de sus hijos. Las declaraciones y comentarios de las televisiones y la prensa se vuelcan hacia la perversión del criminal, su frialdad  y su personalidad calculadora, posesiva y obsesa; algo que no hace sino ocultar o desviar la atención de la verdadera razón del crimen. El conflicto comienza en el momento en el que la madre decide separarse de su marido, pero el machismo y la relación de poder y pertenencia que Bretón tiene con respecto a su mujer y sus hijos no le permiten aceptar esta decisión. Se trata de un caso de despecho llevado al límite, en el que se sirve de los hijos como arma. En lugar de destacar este aspecto, la información dada parece que nos lleva más a alabar o dar bombo a la “inteligencia” del padre por los métodos que habría utilizado.  
Sin embargo, muy pocas noticias hablan de la vulnerabilidad de los hijos como el elemento principal de la historia, algo que se pone de manifiesto en este caso. Por encima de todo ello, un lenguaje acusador y claramente posicionado es el que utilizan los titulares de las distintas ediciones ‘Bretón y el club de los peores filicidas’ (ABC 29/08/12), ‘La hoguera de la venganza’ (El País 01/09/12), ‘Cerco al monstruo’ (El País 02/09/12), etc. Calificativos como ‘monstruo’ y ‘asesino’ son usados sin demasiado respeto a la presunción de inocencia. Además, desde el día de la desaparición prácticamente puede encontrarse  una o más noticias por día en las que se habla del caso, centrándose en la desesperación de la madre, en el proceso de búsqueda y en la impasibilidad del marido ante los acontecimientos.
El propio nombre del caso, “el caso de Ruth y José”, pone de manifiesto el juego emocional que se lleva a cabo en la prensa, los nombres de los niños tienen prioridad frente a otras denominaciones como “caso de Las Quemadillas” o “caso Bretón”, puesto que es él el acusado. La misma conclusión puede extraerse al observar el bombardeo de fotografías de los menores. En las ediciones digitales sí que se pueden encontrar algunos artículos que centran más la atención en la personalidad del  padre y dan prioridad al machismo, sin convertir este es un hecho aislado, como ‘Bretón, el padre que “cosifica” a sus hijos’ (Diario de Sevilla 10/9/12)  o ‘Comparecencia con un machismo asesino’ (El Periódico.com 04/09/12).
Descripciones detalladas de cómo habría llevado a cabo, supuestamente, el asesinato de sus hijos, con los detalles más innecesarios sobre la hoguera, la posición de los cadáveres  o cómo habría cubierto los cuerpos con sabanas y los habría rociado con gasolina. Algo que en las últimas noticias se especifica como “demostrado empíricamente”, pero que hasta entonces ya era más que una suposición para la mayor parte de la población.
Estamos ante la tragedia de una familia llevada a la pantalla y convertida en negocio como si de una tv-movie se tratase. El caso es que apenas ha habido información novedosa en todo un año en torno al crimen, pero eso no ha sido obstáculo para que el asunto se haya hecho eco de la mayor de las atenciones. Algo que si bien ha servido a la madre para obtener un enorme apoyo, también ha contribuido a llevar la realidad hasta un punto en el que todos señalan con la mano al culpable antes de que se conozca el dictamen del juez. A lo que se añade la última decisión conocida de que un jurado popular sea el encargado de la decisión, un jurado que posiblemente ya había tomado su decisión al mismo ritmo que las portadas de la prensa. Del mismo modo, el caso ha llevado a una especie de inseguridad y rechazo hacia los procedimientos policiales tras  conocer el error que se cometió.  Las palabras asesino, justicia, culpable, impasible, frialdad, etc. han estado muy presentes en las noticias sobre el caso, desde el momento en el que el juez encargó un informe sobre la personalidad de Bretón.
En twitter se reclama cadena perpetua para Bretón (#CadenaPerpetuaParaJoséBretón), una exigencia en la que los medios han jugado un papel decisivo. Muchas cadenas han aumentado su audiencia dedicando programas, tertulias, debates y entrevistas a los niños desaparecidos (La Sexta, Telecinco, Antena 3, TVE) en los que el simple cotilleo se convertía en la actualidad del día. La prensa rosa ha llevado a cabo un juego constante con las emociones en el que se ha llegado hasta el punto de mostrar cierta fascinación por el acusado.  La realidad se ha convertido en una novela policiaca y se ha sabido sacar tajada de ello. Todo el mundo ha sentido en algún momento empatía por la madre y algo de curiosidad por conocer más detalles, los medios han jugado bien con la sensibilidad del público y han despertado un interés que ha ido creciendo en una sociedad que, sin lugar a dudas, podemos llamar ‘la sociedad del espectáculo’. 
La información ha hecho de Bretón un “personaje mediático”, lo que ha servido para alimentar el ego del presunto culpable y magnificar su actuación, mostrando cada vez más curiosidad por su personalidad,  por la frialdad con la que alguien podría ser capaz de matar a sus propios hijos, por el qué puede pasar por la cabeza de alguien que comete esa atrocidad. Una curiosidad que viene del no ser capaces de entender su manera de pensar al contemplar un acto que la mayoría de personas serían incapaces de cometer.  El drama de este caso ha sido el plato principal del verano y en especial del mes de agosto. La finca de Las Quemadillas ahora es un museo. Un museo en el que se colocan altares a los niños, se pegan pancartas y se pintan sus paredes.
Al mismo tiempo, el caso Bretón ha servido para apartar la mirada de la gente de la economía o la política por un tiempo. El tratamiento mediático recuerda al de otros casos como el de las niñas de Alcasser, u otros como el de Madeleine, que llevó a sus padres a la televisión y a ser protagonistas en los medios durante un largo tiempo; o el de Mari Luz, de la que se llegó incluso a hacer una película llamada ‘Días sin luz’ (2009).